Al lanzar una pelota de béisbol, es común que lo hagamos con nuestra mano dominante, ya sea la derecha o la izquierda. Si se cuestiona el motivo de esta preferencia, la respuesta habitual apunta a la familiaridad y el uso continuo de esa mano a lo largo de nuestra vida. Sin embargo, hasta hace poco, la comunidad científica sostenía que esta superioridad de la mano dominante se debía a un principio neurobiológico: el hemisferio cerebral que controla dicha mano posee una especialización innata para gestionar movimientos precisos.
No obstante, un estudio reciente publicado en PNAS introduce una perspectiva alternativa. Este trabajo sugiere que la destreza de la mano dominante puede ser, en gran medida, el resultado de años de práctica en el manejo de herramientas y objetos que requieren un control preciso de trayectorias complejas.
Un experimento innovador
Para abordar las dos teorías, los investigadores llevaron a cabo un experimento inusual. Se pidió a los participantes que escribieran utilizando sus codos. Con un bolígrafo sujeto a cada brazo, debían escribir la letra «A» y el número «8». La lógica detrás de esta prueba era sencilla: si la mano dominante es más hábil por una ventaja innata del cerebro, esta superioridad debería manifestarse también al escribir con el codo del lado dominante. En cambio, si la diferencia se debe a la práctica, ambos codos tendrían que mostrar un rendimiento similar, ya que nadie ha entrenado para escribir con ellos.
Los resultados respaldaron la hipótesis de los investigadores. Mientras que la escritura con las manos mostró la esperada superioridad del lado dominante, al escribir con los codos, esa diferencia se desvaneció. Incluso un grupo adicional que fue entrenado para escribir con esta articulación mostró mejoras similares en ambos codos.
La práctica como clave del éxito
Los hallazgos sugieren que la habilidad asociada a la mano dominante no se basa en una ventaja inherente del hemisferio cerebral correspondiente, sino que proviene de la experiencia acumulada al practicar tareas específicas. John Krakauer, uno de los autores del estudio, explica: “No se prefiere la mano dominante porque sea más hábil. Se vuelve más hábil porque uno la prefiere. Sin las herramientas y objetos que requieren práctica para su manejo, no existiría diferencia entre ambas manos”.
Además del experimento con el codo, los investigadores realizaron una serie de pruebas adicionales en las que compararon el rendimiento de ambos brazos en movimientos normales, con pesas en las muñecas y utilizando una vara ligera. Si la teoría tradicional fuera correcta, incrementar la dificultad física del movimiento debería favorecer aún más al brazo dominante. Sin embargo, la diferencia se evidenció principalmente cuando los participantes utilizaron herramientas, lo que también refuerza la importancia de la experiencia en el desarrollo de la habilidad.
Un legado cultural en la lateralidad manual
En conjunto, los resultados de ambos experimentos sugieren que la superioridad de la mano dominante está menos relacionada con una ventaja general del cerebro y más con las habilidades específicas adquiridas a lo largo de años de interacción con herramientas, la escritura y la manipulación de objetos con nuestra mano preferida. Ahmet Arac, otro de los autores del estudio, añade que “dado que los humanos somos creadores y usuarios de herramientas de manera excepcional, la lateralidad manual podría ser un subproducto de nuestra inventiva, actuando como una huella dactilar de la cultura humana en el uso de herramientas”.
Aunque los autores reconocen que el debate sobre este tema continúa, sugieren realizar estudios similares en personas zurdas, en individuos que han tenido que cambiar su mano dominante y en usuarios de prótesis. Así, se podría discernir con mayor claridad entre la biología y la experiencia. Si su interpretación resulta válida, cada firma, cada dibujo y cada objeto que aprendimos a manipular desde la infancia habrían influido significativamente en nuestra destreza, superando cualquier ventaja innata del cerebro.

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