A las 4:30 de la mañana, Irma Macedo inicia su jornada con la preparación necesaria para un viaje que la llevará, en aproximadamente dos horas, al Santuario Extinción Cero, ubicado en el Estado de México. Con la intención de evitar el tráfico, se asegura de salir antes de las seis. Al llegar al santuario, se encuentra con su equipo para llevar a cabo un chequeo de los animales y organizar las labores del día.
En una zona boscosa del santuario, rodeada de densa vegetación, habitan ocho lobos mexicanos: una pareja adulta y seis de sus crías. Esta familia se desplaza por un área cercada que abarca cerca de 4,700 metros cuadrados. Entre el follaje, se pueden apreciar sus pelajes en tonos grises, marrones y negros, así como sus hocicos alargados, orejas erguidas y ojos color ámbar.
El compromiso de Irma con la conservación
Desde 2024, Irma, quien es abogada de profesión, se encarga de la dirección de Extinción Cero. Su interés por la conservación del lobo mexicano comenzó hace más de una década, mucho antes de que el santuario adoptara su nombre actual. Su trabajo forma parte de un esfuerzo colaborativo entre México y Estados Unidos, que ha facilitado el regreso de la especie a sus territorios originales. “Somos una de las 24 instituciones que cuidamos al lobo mexicano en el país”, comenta en una entrevista.
Recientemente, el gobierno estadounidense ha planteado la posibilidad de modificar las medidas de conservación que han beneficiado a la especie. A principios de septiembre, el presidente Donald Trump ordenó una revisión del estatus del lobo mexicano y del lobo gris para determinar si cumplen con los criterios que permitirían reducir o eliminar sus protecciones federales, como parte de una estrategia que favorece a la industria ganadera. Esta decisión ha generado inquietud entre quienes, como Irma, dedican su trabajo a la conservación de un depredador que estuvo al borde de la extinción debido a conflictos con la ganadería.
Un día en el santuario
La dieta de los lobos en Extinción Cero incluye croquetas, carne de cerdo, pollo y, en ocasiones, truchas. Además, el santuario cría conejos que también forman parte de la alimentación de los lobos. “Les proporcionamos alimentos que les recuerden lo que podrían cazar en su hábitat natural”, explica Macedo.
Don Toño, un hombre de más de 70 años, lleva sombrero y camisa; sus manos ásperas reflejan sus años de trabajo. Junto a otro Toño, de alrededor de 40 años, se encargan del cuidado diario de los lobos, con el apoyo del veterinario Herbe Monroy. María José, hermana de Irma, se ocupa de la administración, mientras que Irma coordina las actividades del santuario. “La verdad es que somos muy pocos”, dice. “Somos los más pequeños en todo: en recursos, terreno y edad”.
Irma y María José suelen visitar el santuario una vez a la semana. Al llegar, se reúnen con los Toños para ponerse al tanto de lo ocurrido en los días previos y planificar lo que se necesitará en el futuro: “Cómo va el agua, cómo va la luz, cómo están los animales, qué ha pasado”.
Colaboración internacional y educación ambiental
Extinción Cero es parte de un programa binacional que cuenta con la participación de alrededor de 60 instituciones en México y Estados Unidos. El santuario se encarga del cuidado de los lobos, mientras que las decisiones sobre su reproducción y traslados son coordinadas con especialistas de ambos países.
A pesar de su vasta experiencia con la especie, Irma evita acercarse a los lobos más de lo necesario. Prefiere que aquellos que tienen menos oportunidades de conocer a los animales puedan observarlos durante las visitas. “Parte del programa binacional es mantener al lobo lo más alejado posible de los humanos, los perros y todo lo relacionado con la urbanización, es decir, que los tengamos lo más silvestres posible”, detalla.
Sin embargo, esta distancia con el público presenta un desafío: Irma desea que los visitantes se familiaricen con la especie y se interesen por su recuperación. Para ello, incluyen en las actividades educativas varios perros-lobo rescatados, a quienes considera sus “embajadores”.
Gandalf, con su pelaje gris y marrón, es sociable y disfruta pasear con los visitantes, aunque tiende a ser más dócil con las mujeres. Sauber, por su parte, destaca por sus ojos ámbar brillantes, rodeados de un pelaje café oscuro. Nube, completamente blanca y más reservada, ha estado bajo la supervisión de un voluntario francés, quien trabaja para ayudarla a acostumbrarse a las personas. “Nube ya sale con él”, añade Macedo, esperando que en el futuro también pueda unirse a los paseos con los visitantes.
Un legado histórico y su impacto en la naturaleza
El lobo mexicano, conocido en náhuatl como cuetlachtli, ha estado asociado con la fuerza y el poder desde la época prehispánica. Investigaciones de expertos de la UNAM han documentado estos significados a través de fuentes históricas, como el Códice Florentino, que menciona el uso de pieles de lobo en ceremonias y su presencia en el Totocalli, un espacio del palacio real mexica donde se mantenían diversas especies.
El lobo mexicano (Canis lupus baileyi) es la subespecie más pequeña del lobo gris y solía habitar los bosques y pastizales de México y el suroeste de Estados Unidos. Sin embargo, durante el siglo XX, los conflictos con la ganadería llevaron a campañas para erradicarlo. La persecución, sumada a la pérdida de su hábitat, provocó que a principios de la década de 1970 prácticamente hubiera desaparecido de la vida silvestre en ambos países.
La Comisión Nacional de Áreas Naturales Protegidas (Conanp) explica que a medida que su territorio se redujo y las presas naturales disminuyeron, algunos lobos comenzaron a alimentarse del ganado cercano, lo que intensificó aún más su persecución. “Es un depredador, no podemos pedirle que actúe de otra manera”, comenta Macedo sobre un conflicto que persiste en la actualidad.
Esfuerzos de recuperación y desafíos actuales
Para prevenir su extinción, especialistas de ambos países comenzaron a reproducir a los últimos lobos que fueron capturados. En 1982, el Servicio de Pesca y Vida Silvestre de Estados Unidos aprobó el primer plan de recuperación de la especie. Los primeros lobos fueron reintroducidos en territorio estadounidense en 1998, mientras que en México, la primera liberación ocurrió en 2011.
Todas las poblaciones actuales de lobos mexicanos descienden de tan solo siete individuos fundadores. La familia que reside en Extinción Cero también forma parte de esta historia. Para evitar problemas de reproducción entre parientes cercanos, se analiza su información genética y se coordinan la formación de parejas entre diversas instituciones. Sin embargo, no todos los lobos nacidos en cautiverio pueden regresar a la vida silvestre, ya que se deben evaluar su comportamiento y las condiciones del entorno.
Hasta mediados de septiembre de 2026, la Secretaría de Medio Ambiente y Recursos Naturales (Semarnat) reportó que había 107 lobos mexicanos bajo cuidado profesional. En libertad, la población es considerablemente menor; Irma estima que en México quedan entre 25 y 35 lobos, aunque no hay un conteo nacional actualizado que detalle cuántos habitan en su entorno natural. En Estados Unidos, el conteo oficial de Arizona y Nuevo México registró al menos 319 lobos mexicanos en libertad al cierre de 2025. Irma enfatiza que aumentar estas poblaciones es solo una parte del trabajo. “De nada sirve liberar 15 animales si no pueden reproducirse entre sí, no tienen suficiente alimento ni un hábitat adecuado, o carecen de corredores biológicos por donde desplazarse”, señala.
El rol del lobo en el equilibrio ecológico
El retorno del lobo mexicano puede modificar la interacción de otras especies con su entorno. Como depredador ápice, ocupa un lugar privilegiado en la cadena alimentaria, y su presencia puede influir tanto en las poblaciones de otros animales como en su comportamiento. Por ejemplo, los herbívoros pueden pasar largos periodos alimentándose en la misma área.
“Si pastan y se asientan siempre en el mismo lugar, acabarán desertificándolo”, explica Irma. La presencia del lobo puede alterar esta rutina, ya que el riesgo de ser cazados obliga a los herbívoros a moverse hacia otras zonas. La Conanp utiliza el venado cola blanca como ejemplo para ilustrar cómo este cambio puede impactar el bosque. Cuando los ven

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