Beatriz González es psicóloga general sanitaria y atiende en consulta privada en Santa Cruz de Tenerife, tanto de forma presencial como online. Especializada en ansiedad, estrés, fobias, depresión, autoestima y duelos, trabaja con personas adultas y también con niños a partir de los siete años y adolescentes. Compagina la consulta con su participación en proyectos del Colegio Oficial de Psicología de Santa Cruz de Tenerife, entre ellos el de atención psicológica a personas con enfermedades raras. En esta entrevista explica cómo entiende la terapia, cómo se construye la confianza en consulta y por qué pedir ayuda no debería esperar a que el malestar desborde.
¿Cómo comenzó su trayectoria profesional en el ámbito de la psicología y qué le llevó a dedicarse a la atención terapéutica?
Mi trayectoria profesional comenzó en el último año de la carrera, cuando realicé mis prácticas en un centro en el que posteriormente tuve la oportunidad de continuar. Permanecí allí aproximadamente cuatro años, una etapa que me permitió seguir aprendiendo, adquirir experiencia y empezar a desarrollar mi manera de entender el trabajo terapéutico.
Posteriormente trabajé durante un año en una ONG y también adquirí experiencia en otros centros, hasta que una compañera me propuso dar el paso hacia la consulta privada junto a ella. Acepté, y aquello supuso el inicio de una nueva etapa profesional que me permitió seguir creciendo y consolidando, poco a poco, mi propia forma de trabajar.
Actualmente compagino mi actividad en consulta privada con la participación en diferentes proyectos del Colegio Oficial de Psicología de Santa Cruz de Tenerife. Entre ellos, participo en el proyecto de atención psicológica a personas con enfermedades raras, una experiencia que me permite seguir ampliando mi práctica profesional y trabajar con realidades y necesidades muy diversas.
La elección de la Psicología nació, en gran medida, de dos cosas que siempre han estado muy presentes en mí: el interés por ayudar a las personas y una enorme curiosidad por comprender nuestro mundo interior. Siempre me ha resultado fascinante todo aquello que no podemos ver desde fuera, cómo funcionan nuestros pensamientos, cómo experimentamos las emociones, por qué reaccionamos de determinadas maneras o cómo nuestras experiencias influyen en nuestra forma de sentir y relacionarnos.
También siempre me ha gustado mucho escuchar y conocer la historia que hay detrás de cada persona. Además creo que el bienestar emocional no siempre ha recibido la misma atención que otros aspectos de nuestra salud y encontré en la psicología una forma muy bonita de unir ese interés por comprender al ser humano con la posibilidad de ayudar. Con el tiempo confirmé que era precisamente la atención terapéutica el ámbito en el que quería desarrollar mi profesión: acompañar a las personas a comprender lo que les ocurre y ofrecerles herramientas que les permitan afrontar sus dificultades y avanzar.
¿Qué aspectos considera fundamentales para crear un espacio de confianza en el que una persona pueda sentirse cómoda hablando de sus dificultades?
Para mí, lo primero es que la persona pueda sentirse segura y cómoda. Hay que tener en cuenta que acudir por primera vez a una consulta de psicología no siempre es fácil: estás delante de una persona desconocida y, en muchas ocasiones, sabes que vas a hablar de aspectos muy personales o de situaciones que te están haciendo sufrir. Por eso considero importante no dar por hecho que la confianza tiene que aparecer desde el primer momento.
Cuando recibo a una persona por primera vez, suelo comenzar de una manera muy natural, hablando brevemente de cuestiones cotidianas o haciendo alguna pregunta neutral. Son pequeños momentos que ayudan a reducir esa sensación inicial de distancia y permiten que el encuentro resulte más cercano antes de empezar a abordar el motivo de consulta.
También intento transmitir desde el principio que no pasa nada si cuesta hablar o si la persona necesita tiempo. Cada uno tiene su ritmo y la confianza se va construyendo poco a poco. Para mí es fundamental escuchar sin juzgar, respetar esos tiempos y crear un espacio en el que la persona sienta que puede expresarse con libertad.
De hecho, algunas personas me han comentado que esa sensación de cercanía comienza incluso antes de la primera sesión, desde el primer contacto telefónico o cuando solicitan una cita. Creo que la calidez, la escucha y el trato humano son importantes desde ese primer momento, porque la relación terapéutica empieza a construirse también ahí.
¿Cómo suele desarrollarse el proceso desde que una persona acude por primera vez a consulta hasta que se establecen los objetivos de la terapia?
La primera sesión está destinada principalmente a conocer a la persona y comprender qué le está ocurriendo. Realizo una entrevista en la que intento recoger no solo el motivo que la ha llevado a pedir ayuda, sino también su historia, sus circunstancias y aquellos aspectos que pueden estar influyendo en el problema. No considero necesario empezar inmediatamente aplicando técnicas; si en esa primera sesión puedo ofrecer alguna pauta o recomendación que pueda ayudar, lo hago, pero para mí primero es fundamental comprender antes de intervenir.
Hay una metáfora que utilizo mucho en consulta y que explica bastante bien esta primera parte del proceso. A veces llegamos a terapia como si lleváramos dentro un cuarto trastero: hay muchas cosas acumuladas, mezcladas y desordenadas. Al empezar a hablar vamos abriendo ese cuarto y poniendo cierto orden juntos. Quizá descubrimos culpas que la persona está cargando y que no le corresponden, interpretaciones que le están haciendo daño, emociones que no entendía o situaciones que llevaba mucho tiempo intentando encajar.
Por eso suelo explicar que, aunque una persona salga de la primera sesión sin una técnica concreta para practicar, eso no significa que no hayamos trabajado. Empezar a comprender, organizar y dar sentido a lo que está ocurriendo ya forma parte del proceso terapéutico.
También utilizo mucho las preguntas como herramienta de reflexión. Me gusta decir que algunas preguntas son como pequeñas semillas que vamos plantando durante la sesión. Yo puedo ayudar a sembrarlas, pero después necesitan tiempo, reflexión y también cierta implicación de la persona para que puedan crecer. En ese sentido, las tareas o ejercicios entre sesiones pueden ser una forma de seguir regando esas semillas y trasladar a la vida cotidiana lo que estamos trabajando en consulta.
A medida que avanzo en la valoración, puedo utilizar también diferentes ejercicios que me ayudan a comprender mejor cómo se encuentra la persona en las distintas áreas de su vida. Uno de ellos es la Rueda de la Vida, que suelo describir como una especie de radiografía del momento vital: permite observar qué áreas están funcionando bien, cuáles generan malestar y dónde puede ser necesario empezar a introducir cambios. A partir de toda esa información vamos definiendo qué necesitamos trabajar y cómo hacerlo.

A partir de ahí, el proceso se va construyendo sesión a sesión. Suelo proponer ejercicios o tareas para realizar entre sesiones y posteriormente los revisamos juntos, no como una obligación que haya que cumplir, sino como una oportunidad para observar qué ha ocurrido al llevar lo trabajado en consulta a la vida cotidiana. Esa información también me ayuda a decidir por dónde necesitamos continuar.
Para mí es muy importante preparar cada sesión. No trabajo sobre la marcha: después de cada encuentro reviso qué hemos trabajado, qué dificultades han aparecido, en qué punto se encuentra la persona y cuál puede ser el siguiente paso. A partir de ahí selecciono las técnicas, ejercicios o recursos que considero que pueden ayudarnos a seguir avanzando.
El seguimiento de los avances está presente durante todo el proceso. En cada sesión revisamos cómo han ido los días anteriores, qué ha ocurrido al aplicar lo que hemos trabajado y qué dificultades han podido aparecer. Además, me parece muy importante ayudar a la persona a reconocer sus propios avances. A veces los cambios se producen de manera progresiva y uno mismo no es consciente de todo lo que ha recorrido. Cuando detecto una forma diferente de afrontar una situación, una reacción que antes hubiera sido distinta o algún cambio significativo, suelo detenerme y señalarlo: «¿Te das cuenta de cómo llegaste al principio y de cómo estás abordando esto ahora?». Creo que reconocer esos pequeños y grandes avances también forma parte de la terapia, porque permite que la persona tome conciencia de sus propios recursos y de todo lo que está consiguiendo.
¿Qué importancia tiene para usted adaptar el tratamiento a las circunstancias, necesidades y ritmo de cada paciente?
La adaptación a cada persona es algo que aprendí a considerar fundamental desde mis primeras prácticas. Recuerdo que una de las cosas que mi mentora destacaba de mí era precisamente la facilidad para adaptar los ejercicios y encontrar formas diferentes de trabajar un mismo objetivo. Desde entonces, esa manera de entender la terapia me ha acompañado durante toda mi trayectoria profesional.
Para mí, una técnica o un material no debería aplicarse simplemente porque aparezca de una determinada manera en un manual. Primero pienso en la persona que tengo delante: qué dificultad está atravesando, cómo comprende las cosas, cuáles son sus circunstancias y qué puede resultarle realmente útil. A partir de ahí puedo utilizar un recurso tal como está, modificarlo o incluso crear un ejercicio específicamente pensado para lo que estamos trabajando. Lo mismo ocurre con las pautas y recomendaciones: intento que tengan sentido dentro de la realidad concreta de esa persona.
Esto requiere dedicar más tiempo a preparar las sesiones y los materiales, pero para mí forma parte de ofrecer una atención de calidad. Me importa que la persona perciba que detrás de lo que estamos trabajando hay una reflexión sobre su caso y que no está recibiendo exactamente lo mismo que recibiría cualquier otra persona.
Además, disfruto mucho de esa parte del trabajo. Siempre he tenido facilidad y creatividad para buscar maneras diferentes de explicar una idea o adaptar un recurso cuando veo que lo habitual no termina de encajar. Al final, las herramientas tienen que adaptarse a la persona y no la persona a las herramientas.
¿Cuáles son actualmente los motivos de consulta más frecuentes entre las personas que acuden a usted y qué cambios suele buscar conseguir junto a ellas?
Entre los motivos de consulta más frecuentes en personas adultas se encuentran la ansiedad, la depresión y la dependencia emocional. También recibo muchas consultas relacionadas con situaciones de estrés, procesos de duelo y dificultades asociadas a diferentes momentos o cambios vitales.
Sin embargo, algo que encontramos con mucha frecuencia en terapia es que el motivo por el que una persona solicita ayuda inicialmente puede ser solamente la punta del iceberg. Al empezar a explorar aparecen otros elementos que pueden estar influyendo en ese malestar y que quizá la persona no había relacionado con lo que le estaba ocurriendo.
Los seres humanos estamos interpretando constantemente nuestra realidad. No reaccionamos únicamente ante lo que ocurre, sino también ante el significado que le damos. En esas interpretaciones influyen nuestras experiencias, nuestras creencias y la manera que hemos aprendido de entendernos a nosotros mismos, a los demás y a lo que sucede a nuestro alrededor. Y no todas esas creencias o formas de interpretar nos ayudan; algunas pueden llegar a generarnos o mantener un gran sufrimiento.
Por eso, más allá del síntoma que inicialmente trae a alguien a consulta, para mí es importante comprender qué hay detrás y qué factores están contribuyendo a que ese malestar se mantenga. Ahí es donde podemos empezar a trabajar no solo sobre lo que la persona siente, sino también sobre aquello que puede estar alimentándolo.
En su experiencia, ¿qué papel desempeñan problemas como la ansiedad, el estrés, los miedos o el estado de ánimo en el día a día de las personas que solicitan ayuda psicológica?
En muchas ocasiones, cuando una persona solicita ayuda psicológica, el malestar lleva presente bastante tiempo. Es frecuente encontrar personas que han intentado seguir adelante por sí mismas, utilizando sus propios recursos y soportando situaciones de estrés, ansiedad, miedo o un estado de ánimo bajo hasta que llega un momento en el que se sienten completamente desbordadas.
Algo que encuentro con frecuencia es la necesidad de reprimir o apartar las emociones para poder seguir funcionando. Hay personas que sienten que no pueden permitirse parar: tienen que trabajar, atender sus responsabilidades, cuidar de otros o simplemente continuar con su día a día. Y van dejando a un lado lo que sienten.
Suelo utilizar la metáfora de un río para explicarlo. Las emociones son como un río: necesitan tener cierto espacio en nuestra vida. Si vamos colocando sacos para impedir que el agua pase, es decir, si bloqueamos para no sentir porque la emoción es incómoda, llega un momento en que el río acaba desbordándose, porque lo que sentimos sigue ahí, solo que le hemos puesto una especie de velo para no verlo. Es decir, intentar contener las emociones indefinidamente no hace necesariamente que desaparezcan; ocurre el efecto contrario: volverán una y otra vez hasta encontrar su espacio.
También suelo explicar que las emociones funcionan como la alarma de un coche. La alarma no es algo malo; al contrario, tiene una función importante: avisarnos de que nos pueden robar el coche y protegernos. El problema aparece cuando esa alarma comienza a sonar las 24 horas del día. En ese momento, algo que inicialmente tenía una función protectora empieza a resultar molesto y a interferir en nuestro día a día.

Con nuestras emociones puede ocurrir algo parecido. La ansiedad, el miedo o la tristeza no son emociones que tengamos que eliminar; todas cumplen una función y nos proporcionan información. En terapia aprendemos a comprender y regular esa «alarma» para que pueda volver a cumplir su función sin mantenerse constantemente activada ni ocuparlo todo.
Cuando este malestar se mantiene en el tiempo, puede acabar afectando a distintas áreas de la vida: el descanso, el trabajo, las relaciones, la capacidad para disfrutar, la toma de decisiones o incluso la manera en la que la persona se percibe a sí misma. En ocasiones es precisamente una crisis de ansiedad u otro episodio de gran intensidad lo que lleva finalmente a pedir ayuda.
Afortunadamente, creo que cada vez existe una mayor conciencia sobre la importancia de cuidar nuestra salud psicológica. No necesitamos esperar a estar completamente desbordados ni tener un problema muy grave para acudir a terapia. Aprender a escuchar esas primeras señales y pedir ayuda cuando empezamos a notar que algo no va bien puede permitirnos abordarlo antes de que el malestar ocupe cada vez más espacio en nuestra vida.
También trabaja con niños y adolescentes. ¿Qué particularidades tiene la terapia en estas edades y qué papel desempeñan los padres durante el proceso?
El trabajo con niños tiene unas características particulares porque la terapia tiene que adaptarse necesariamente a su edad y a su forma de comprender el mundo. En mi caso, trabajo habitualmente con niños a partir de los siete años, aproximadamente, porque por mi manera de trabajar necesito que hayan adquirido cierta capacidad de lectura y comprensión.
Con ellos utilizo mucho el juego, las fichas y diferentes materiales adaptados. A través de estos recursos podemos trabajar, por ejemplo, la identificación y regulación de las emociones, aprender a afrontar determinadas situaciones o desarrollar nuevas estrategias, pero haciéndolo de una manera que resulte comprensible y atractiva para el niño. Al final estamos trabajando objetivos terapéuticos, pero muchas veces el niño los está aprendiendo mientras juega.
Además, me gusta que ese trabajo no se quede únicamente dentro de la consulta. Cuando terminamos determinados materiales, como un cuadernillo, unas fichas o algún juego, pueden llevárselos a casa. De esta manera pueden volver a utilizarlos, recordar lo que hemos aprendido e incluso compartir algunas actividades con sus padres. Esto permite reforzar y consolidar mucho más aquello que estamos trabajando durante las sesiones.
Con los adolescentes la forma de acercarme suele ser diferente. En ocasiones llegan a consulta porque son sus padres quienes han detectado la necesidad de pedir ayuda y no siempre existe inicialmente la misma motivación por parte del adolescente. También puede resultarles difícil hablar de lo que les ocurre y es frecuente que al principio encontremos respuestas muy breves o cierta dificultad para abrirse. Por eso para mí es especialmente importante respetar sus tiempos y encontrar una forma de trabajar con la que se sientan cómodos.
En estos casos, las fichas y otros recursos pueden convertirse en una vía para facilitar la expresión. A veces resulta mucho más sencillo empezar a hablar a partir de una actividad concreta que sentarse delante de un adulto y responder directamente a preguntas sobre lo que sienten o les preocupa. Poco a poco, a medida que se construye la confianza, suele resultar más fácil profundizar en aquello que necesitan trabajar.
En ambas etapas, la participación de los padres es muy importante. El trabajo no termina cuando el niño o el adolescente sale de la consulta: los padres pueden acompañar el proceso mediante pautas y recomendaciones que les ayuden a comprender mejor qué está ocurriendo y cómo pueden actuar en casa. De esta forma, el entorno familiar puede contribuir a reforzar los cambios y dar continuidad al trabajo terapéutico.
La participación de los padres es importante, pero también lo es que el niño o el adolescente sienta que la consulta es un espacio de confianza. Por eso cuido especialmente la confidencialidad y procuro hacerles partícipes de todo el proceso. Si considero que hay alguna cuestión que sería importante compartir con los padres, siempre intento hablarlo primero con ellos, les explico por qué creo que puede ser necesario, escucho cómo se sienten al respecto y buscamos juntos la mejor manera de comunicarlo. En muchas ocasiones incluso podemos decidir cómo contarlo o hacerlo conjuntamente. Para mí es fundamental que se sientan acompañados y que las decisiones que les afectan no se tomen a sus espaldas, respetando siempre los límites de confidencialidad y protección que requiere el trabajo con menores.
¿Qué diferencias encuentra entre la terapia presencial y la terapia online y en qué situaciones puede resultar especialmente útil cada modalidad?
En mi experiencia, no encuentro grandes diferencias en cuanto al trabajo terapéutico que realizamos en una modalidad u otra. Los objetivos, las herramientas y el proceso son esencialmente los mismos. Lo que cambia principalmente es el medio a través del cual nos encontramos.
Sí es cierto que algunas personas muestran inicialmente cierta resistencia hacia la terapia online porque sienten que necesitan el contacto presencial o creen que a través de una pantalla la experiencia va a ser muy diferente. Sin embargo, me ha ocurrido en varias ocasiones que una persona que prefería claramente la modalidad presencial ha tenido que realizar alguna sesión online por una circunstancia puntual y después ha descubierto que la experiencia era mucho más similar de lo que esperaba. Recuerdo especialmente a un paciente que, después de una de esas sesiones, me dijo: «Es que sigues siendo tú, Bea, sigues siendo la misma». Con ello se refería a que mi forma de hablarle, de escucharle y de trabajar con él seguía siendo la misma que cuando estábamos presencialmente. Creo que aquel comentario refleja muy bien que, aunque cambie el medio, la cercanía y el vínculo terapéutico pueden mantenerse.
En la terapia online sí considero fundamental disponer de un espacio privado y tranquilo en el que la persona pueda hablar con libertad y sentirse cómoda, sin interrupciones ni preocupación porque otras personas puedan escucharla. Si esas condiciones están presentes, podemos desarrollar el trabajo terapéutico con normalidad.
La modalidad online puede resultar especialmente útil cuando existen dificultades para desplazarse, cuando por determinadas circunstancias no es posible acudir presencialmente o simplemente cuando encaja mejor con la situación de la persona. La modalidad presencial, por su parte, sigue siendo la opción que algunas personas prefieren porque se sienten más cómodas compartiendo físicamente el mismo espacio. Por eso, más que considerar una modalidad mejor que otra, creo que lo importante es encontrar aquella en la que la persona pueda sentirse cómoda y que mejor se adapte a sus circunstancias.

Muchas personas retrasan la decisión de acudir a un psicólogo. ¿Qué señales pueden indicar que sería conveniente buscar ayuda profesional y qué les diría a quienes todavía tienen dudas o ciertos reparos ante la terapia?
No es necesario llegar a sentirse completamente desbordado para acudir a terapia. Una señal importante puede aparecer cuando nos damos cuenta de que los recursos que habitualmente utilizamos para afrontar las dificultades ya no nos están ayudando como antes, o no son suficientes para aquello que estamos viviendo.
A veces la persona continúa funcionando: trabaja, atiende sus responsabilidades y sigue con su vida cotidiana, pero siente que lleva una especie de «losa» encima. Todo requiere más esfuerzo, hay un malestar que se mantiene en el tiempo o determinadas preocupaciones, emociones o situaciones empiezan a ocupar demasiado espacio en su vida. También puede ocurrir que algunas estrategias le funcionen para determinadas cosas, pero haya otras ante las que se sienta atascada y no sepa cómo avanzar.
Creo que cualquiera de esas situaciones puede ser un buen momento para pedir ayuda. No necesitamos esperar a encontrarnos al límite. De hecho, con frecuencia llegan a consulta personas que llevan mucho tiempo intentando aguantar y solucionar por sí mismas aquello que les ocurre, y cuando finalmente piden ayuda el malestar lleva meses o incluso años acompañándolas.
Acudir a terapia no significa que uno sea incapaz de afrontar sus problemas ni que tenga que encontrarse extremadamente mal. A veces simplemente significa reconocer que hay algo que nos está costando, que las herramientas que tenemos en este momento no están siendo suficientes y que puede ser útil contar con ayuda profesional para comprenderlo y aprender otras formas de afrontarlo.
A quienes todavía tienen dudas o reparos ante la terapia les diría que nuestra salud mental merece el mismo cuidado que nuestra salud física. Tenemos muy normalizado cuidar nuestra alimentación, hacer ejercicio o acudir al médico cuando aparece un problema físico. Sin embargo, cuando el malestar es emocional, todavía nos cuesta en muchas ocasiones concederle esa misma importancia.
Además, ante el sufrimiento emocional siguen apareciendo frases como «no llores», «eso no es para tanto», «ya se te pasará» o incluso «estás así porque quieres». Muchas veces se dicen intentando ayudar, pero pueden hacer que la persona sienta que aquello que le ocurre no es suficientemente importante o que debería ser capaz de solucionarlo por sí misma. Cabe destacar que sentirse desbordado, triste o ansioso no es una elección.
Por eso creo que es importante empezar a mirar nuestro bienestar psicológico con la misma naturalidad con la que atendemos otros aspectos de nuestra salud. Pedir ayuda no significa que nuestro problema tenga que ser enorme ni que hayamos fracasado intentando resolverlo solos. Puede significar simplemente que hemos reconocido que algo nos está haciendo sufrir y hemos decidido cuidarlo.
¿Qué es lo que más valora de su profesión y cuáles son sus objetivos de futuro dentro de su actividad como psicóloga?
Una de las cosas que más valoro de mi profesión es poder acompañar a una persona y ser testigo de su proceso de cambio. Hay personas que llegan a consulta completamente desbordadas, después de haber pasado por momentos muy difíciles, y poder observar cómo poco a poco empiezan a comprender lo que les ocurre, descubren sus propios recursos y comienzan a afrontar de otra manera aquello que antes sentían que no podían manejar es enormemente gratificante.
Muchas veces, cuando un paciente me da las gracias por haberle ayudado, suelo recordarle que el mérito es suyo. Yo puedo acompañarle, ofrecerle herramientas, hacerle preguntas y ayudarle a encontrar caminos que quizá en ese momento no consigue ver, pero es la persona quien tiene que recorrer ese camino.
Hay una metáfora que utilizo mucho en consulta para explicar cómo entiendo el proceso terapéutico. A veces una persona llega a terapia como si estuviera dentro de una habitación completamente a oscuras. No ve la puerta, no encuentra una ventana y no sabe por dónde salir. Cuando estamos en esa oscuridad es muy difícil encontrar alternativas, aunque estén ahí.
La terapia puede ayudarnos a encender una pequeña luz, como una cerilla o una linterna. De repente empezamos a distinguir cosas que antes no podíamos ver: recursos que ya estaban ahí, otras maneras de interpretar lo que ocurre, posibilidades que no habíamos contemplado o caminos diferentes. Y terapeuta y paciente vamos explorando juntos esa habitación hasta encontrar el interruptor.
Para mí, una de las mayores satisfacciones de esta profesión es precisamente acompañar a una persona durante ese proceso y ver cómo, poco a poco, empieza a encontrar su propia luz. Porque el objetivo no es que necesite que yo ilumine siempre la habitación, sino que llegue un momento en el que sepa dónde está su interruptor y pueda encenderlo por sí misma.
Hay algo que me emociona especialmente y es cuando un paciente me cuenta que, ante una situación determinada, se ha preguntado: «¿Qué me diría Bea en este momento?». Para mí, eso significa que algo de lo que hemos construido juntos en consulta ha empezado a formar parte de sus propias herramientas. Y llega un momento en el que ya no necesita que yo esté delante para utilizarlo.
También considero que la empatía es una parte fundamental de mi manera de trabajar. Detrás de la figura del psicólogo sigue habiendo una persona y, cuando alguien comparte contigo experiencias muy dolorosas, es inevitable que algunas historias te conmuevan. Para mí el reto está en poder acercarme a ese dolor, comprenderlo y acompañarlo sin dejarme arrastrar por él. Creo que esa sensibilidad me ayuda a conectar con las personas y forma parte de mi manera de entender la profesión.
De cara al futuro, mi principal objetivo es seguir creciendo y mejorando como profesional. La psicología es una disciplina en constante evolución y considero que ejercerla implica también mantener una actitud de aprendizaje continuo. Por eso sigo formándome, leyendo y buscando nuevos conocimientos y herramientas que pueda incorporar a mi práctica.
Creo que todavía me queda mucho por aprender, y eso es precisamente una de las cosas que me motivan de esta profesión. Además, ese aprendizaje no procede únicamente de los libros o de las formaciones. Mis pacientes también me enseñan. Cada persona que llega a consulta trae consigo una historia, unas circunstancias y una manera diferente de entender y afrontar la vida, y trabajar con esa diversidad también me obliga a reflexionar, buscar nuevas formas de ayudar y seguir creciendo como terapeuta.
Ellos acuden a consulta buscando mi ayuda, pero, de alguna manera, yo también crezco profesionalmente con cada proceso. Por eso mi objetivo para el futuro es continuar formándome, aprendiendo y evolucionando, sin perder la cercanía, la empatía y la manera personalizada de trabajar que considero fundamentales en mi profesión.
DIRECCION: Calle de Carmen Monteverde, zona Weyler, 64, 38003 Santa Cruz de Tenerife, España

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