agosto 20, 2026

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Descubre a seis valientes científicas indígenas que integran el conocimiento ancestral en la academia moderna

Descubre a seis valientes científicas indígenas que integran el conocimiento ancestral en la academia moderna

La naturaleza ha sido el laboratorio de muchas mujeres que, desde sus infancias, han encontrado en el entorno que las rodea una fuente de conocimiento invaluable. Sin necesidad de utilizar bata blanca o microscopios, estas científicas han aprendido a observar aves, sumergirse en ríos y escuchar las historias de sus comunidades, lo que las ha preparado para convertirse en pioneras en el ámbito científico. Algunas de ellas han llegado a ser las primeras en sus familias, o incluso en sus comunidades, en ingresar a la universidad.

Avita Taricuarima, bióloga del pueblo indígena kukama en Perú, recuerda cómo su curiosidad la llevó a querer entender el mundo. “Siempre tuve preguntas sobre todo lo que mis abuelos me decían”, comenta. Desde su infancia, caminaba más de diez kilómetros diariamente para asistir a la escuela, y a los 32 años ya había publicado un artículo científico y estaba a punto de graduarse. Su historia es solo una de muchas entre las mujeres indígenas de Latinoamérica que están desafiando las limitaciones históricas del campo científico.

El camino hacia la ciencia

Yarina Tapuy, por su parte, ha descrito 14 nuevas especies de insectos, mientras que Alejandra Nohora Quiguantar se ha integrado al Panel Científico por la Amazonía. Otras mujeres, como Marisel Mamani, han viajado a Suecia para realizar un doctorado, y Paola Moreno-Roman estudió en la Universidad de Stanford. Rosa Marina Flores Cruz, con su enfoque en la defensa de su pueblo, ha utilizado sus conocimientos científicos para enfrentar las amenazas a su comunidad. Todas ellas provienen de diferentes pueblos indígenas en Bolivia, Colombia, Ecuador, México y Perú, y su trabajo no solo contribuye al ámbito de la biología, sino que también pone de manifiesto la importancia de los saberes ancestrales en el desarrollo científico.

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A pesar de sus logros, estas investigadoras enfrentan el desafío de abrirse paso en un campo que ha sido tradicionalmente dominado por hombres. La representación de mujeres en la ciencia es baja a nivel mundial; según datos de la UNESCO, solo uno de cada tres científicos es mujer. Janeth Bonilla, vicepresidenta de la fundación Kichwa Institute of Sciences, Technology and Humanities (Kisth), destaca que la situación de las mujeres indígenas es aún más crítica, ya que no se dispone de estadísticas que visibilicen su participación en el campo científico. A esto se suman factores como la falta de recursos económicos, prejuicios y discriminación en el ámbito académico.

Ciencia comunitaria y ancestral

Nohora Alejandra Quiguantar, por ejemplo, comenzó su trayectoria científica al cultivar plantas medicinales en su comunidad de Mellamués, en las montañas de Nariño, Colombia. Su abuela usaba estas plantas para curar enfermedades, lo que despertó su interés en la biología. A pesar de que su tesis inicial fue rechazada por no seguir estrictamente el método científico, Quiguantar se adaptó y utilizó una metodología comunitaria para relatar la historia de su pueblo a través de las plantas, logrando finalmente graduarse como bióloga.

“Mi investigación no era para la universidad, sino para la gente”, explica Quiguantar, quien ha trabajado de la mano con miembros de su comunidad, como madres y líderes locales. Su objetivo es romper la brecha entre el conocimiento ancestral y la ciencia occidental, buscando formas de articular ambos saberes para lograr estrategias de conservación más efectivas y reconocer la sabiduría de sus pueblos.

Yarina Tapuy, científica kichwa de la Amazonía ecuatoriana, ha empleado su conocimiento ancestral en sus estudios sobre insectos. Desde niña, tenía claro que la picadura de la hormiga conga era especialmente dolorosa. “La ciencia me ha ayudado a entender lo que ya sabía”, menciona. Su deseo es que sus hallazgos sean utilizados por su comunidad para su protección. Tapuy planea establecer una fundación en la Amazonía que promueva el desarrollo comunitario y la participación activa de los pueblos indígenas en la investigación.

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Retos y oportunidades en la investigación

La bióloga kukama, Avita Taricuarima, también ha centrado su trabajo en la preservación de los recursos acuáticos de su pueblo, que depende de los peces como fuente de alimento. Su primer artículo científico surgió a partir de un análisis de los parásitos que encontró en una sopa de pescado. “No les digo que dejen de comer, sino que les recomiendo buenas prácticas para alimentarse sin perder su identidad cultural”, explica.

Rosa Marina Flores Cruz, por su parte, ha enfrentado los impactos de la expansión de la energía eólica en su comunidad zapoteca en Oaxaca, México. Su decisión de estudiar Ciencias Ambientales fue impulsada por el deseo de comprender y abordar los problemas que afectan su tierra natal. A través de sus investigaciones, ha analizado el impacto de desastres naturales y proyectos de reconstrucción, siempre con un enfoque en la economía local y el empoderamiento comunitario.

Marisel Mamani ha centrado su investigación en el uso excesivo de pesticidas en Bolivia y ha demostrado que es posible controlar plagas sin químicos. Su trabajo no solo ha aportado al conocimiento científico, sino que también ha integrado el saber local, mostrando que la ciencia y la tradición pueden coexistir.

Inspirando a futuras generaciones

Paola Moreno-Roman, que siempre admiró a Jane Goodall, busca ser un referente para las jóvenes científicas. Forma parte del proyecto Foldscope, que tiene como objetivo llevar microscopios a comunidades para fomentar el interés científico desde la infancia. “La educación me ha abierto muchas puertas, y quiero ayudar a otros a que también lo hagan”, dice.

Taricuarima espera que su inclusión en la lista de The Explorers Club inspire a otras niñas a seguir sus pasos. “Esto no solo es un logro personal, sino un mensaje para las que vienen detrás”, afirma. Las historias de Quiguantar, Tapuy y Mamani son un testimonio de que es posible desafiar los roles tradicionales y abrirse camino en la ciencia.

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La trayectoria de estas investigadoras demuestra que el ámbito científico se extiende más allá de los laboratorios. Están transformando el panorama de la investigación en América Latina, mostrando que la identidad cultural y el rigor académico pueden coexistir. Como dice Mamani: “Hacer ciencia no es olvidar tus raíces”.