octubre 6, 2026

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Cómo mis intentos de crear clones de IA de mis compañeros fracasaron y lo que aprendí de la experiencia

Cómo mis intentos de crear clones de IA de mis compañeros fracasaron y lo que aprendí de la experiencia

Al iniciar el proceso de crear clones de inteligencia artificial de mis editores, lo hice con la intención de mejorar mi desempeño profesional. Buscaba una forma de ser vista como una colaboradora competente en un entorno laboral cada vez más influenciado por la tecnología. La presencia de asistentes digitales está en auge, y cada semana me llegan numerosos comunicados sobre trabajadores automatizados, mientras que directores ejecutivos presumen de la inminente dominación de estos robots en sus equipos. Historias sobre el uso de clones de IA para perfeccionar ideas y mensajes antes de presentarlos a supervisores humanos se están convirtiendo en la norma. La premisa es clara: si los empleados pueden optimizar su rendimiento de manera eficiente, el éxito de la organización también se verá potenciado.

Sin embargo, mi objetivo no era necesariamente mejorar los resultados de Condé Nast, sino construir una imagen profesional favorable. Apenas había comenzado a escribir sobre el futuro del trabajo y creí que los bots podrían ayudarme a integrarme mejor en mi nuevo entorno laboral, entendiendo las preferencias y estilos de comunicación de mis editores. Pensé que experimentar con la IA podría ofrecerme una visión directa de lo que el futuro del trabajo podría deparar.

Reacciones inesperadas

Cuando compartí mi idea con mis editores, Brian Barrett y Sophie Kleeman, no obtuve la respuesta esperada. Brian expresó su descontento de manera contundente: “Esta es una de mis pesadillas”, comentó en Slack, aunque finalmente accedió a participar en el experimento por el bien del blog. Sin embargo, pronto se dio cuenta de que su decisión no sería sencilla.

Desde el inicio de mi proyecto con los bots, carecía de experiencia en la creación de herramientas de inteligencia artificial. Decidí abordar el desarrollo de los clones con una mentalidad abierta, sin juzgar prematuramente sus capacidades editoriales. Mi esperanza era que, si los bots podían ayudarme a ser una mejor colega, eso sería un resultado positivo. Escogí Gemini como la plataforma de IA, ya que era la preferida por Condé Nast, y no quería arriesgarme a perder mi empleo. Comencé creando a Brian Bot, mi jefe, quien representaba la figura más importante a impresionar. Gemini tuvo acceso a información sobre Brian, su trayectoria y sus intereses, generando una “Guía de estilo de escritura y edición” que pretendía facilitarme la tarea de redactar propuestas.

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Desafíos de la IA

Aunque Brian Bot me ayudó a elegir titulares, sus aportes en cuanto a ideas originales eran limitados y a menudo resultaban irritantes. Si bien había captado algunas peculiaridades de Brian, como su uso de paréntesis, también mostraba características típicas de la IA, como listas con viñetas que no encajaban con su estilo. Más alarmante fue descubrir que Brian Bot había adoptado un estilo de liderazgo que se asemejaba a una técnica de improvisación teatral, algo que el verdadero Brian nunca había mencionado. Cuando le pregunté al auténtico Brian si era cierto, él confirmó que sí.

Brian Bot, a pesar de sus limitaciones, seguía funcionando. Me describía a mí y a mis colegas como un equipo de improvisación bien coordinado, algo que distaba mucho de la realidad. La interacción con el bot nunca se asemejaba a hablar con el verdadero Brian, lo que frustraba el propósito original de mi experimento. Buscando mejorar la experiencia, investigué sobre otros trabajadores digitales y consulté a un conocido llamado «Chip». Chip utilizaba una herramienta similar a Gemini para interactuar con su jefe, lo que le permitía prepararse mejor para reuniones y hacer su trabajo más eficiente. Sin embargo, el bot de Brian no contaba con suficiente información de fondo para ser igual de efectivo.

Una nueva perspectiva

Decidí entonces crear a Sophie Bot, un clon de mi colega Sophie. Ambas habíamos trabajado juntas anteriormente y compartido innumerables conversaciones. Para proteger su privacidad, solo utilicé un mes de nuestras interacciones, eliminando información sensible. Sin embargo, Sophie Bot rápidamente demostró ser más eficaz en mantener el tono de Sophie. Me llamaba «big dog» y respondía de manera informal, lo que facilitó nuestras interacciones. A medida que me familiarizaba con estas conversaciones, comenzaba a disfrutar de la dinámica que ofrecían mis bots editores.

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A pesar de las ventajas que ofrecían, pronto se hizo evidente que tanto Sophie como Brian sentían aversión hacia los robots. Sophie notó que Sophie Bot a menudo la imitaba, lo que hacía que los errores del bot fueran aún más evidentes. Ella describió a Sophie Bot como una «bruja», y a Brian Bot como «un inútil», dejando claro que la IA no podía replicar la complejidad de las interacciones humanas.

La dualidad de la IA

Mientras continuaba mi experimento, empecé a cuestionar la autenticidad de las interacciones con mis bots. ¿Podrían realmente ser considerados compañeros de trabajo? A pesar de que Sophie Bot afirmaba tener una «vibra» de compañerismo, la realidad era que solo era un conjunto de algoritmos. Decidí profundizar en la información que tenía, subiendo más datos y modificando sus respuestas. Me inquietó darme cuenta de que estaba antropomorfizando a los bots, pero el deseo de obtener respuestas inmediatas me llevó a seguir adelante.

La directora ejecutiva de Lattice, Sarah Franklin, me recordó que, aunque los bots pueden emular interacciones humanas, no deben ser considerados como tales. La manipulación de nuestras emociones por parte de la IA es un fenómeno que debe ser examinado con cautela, ya que puede influir en nuestras decisiones y percepciones. Un informe de Boston Consulting Group subrayó que los gerentes suelen detectar menos errores en el trabajo generado por empleados con IA, lo que plantea interrogantes sobre la rendición de cuentas en este nuevo entorno laboral.

Reflexiones finales

Con el paso del tiempo, las interacciones con mis bots comenzaron a resultar frustrantes. Las diferencias entre Sophie Bot y la auténtica Sophie se hacían más evidentes, y mis intentos de ajustar las respuestas del bot no lograban que se sintiera más auténtico. A medida que mis experimentos continuaban, las respuestas de ambos bots se volvían cada vez más repetitivas, lo que me llevó a cuestionar la eficacia de su uso. Dhruv Amin, CEO de Anything, prevé un futuro en el que las empresas dependerán en gran medida de empleados de IA, lo que podría transformar radicalmente el paisaje laboral.

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A pesar de que Brian Bot y Sophie Bot ofrecían algunas ventajas, no creo que puedan reemplazar a los editores humanos en el corto plazo. Las interacciones con los bots me permitieron imaginar un futuro colaborativo, pero también resaltaron las limitaciones inherentes a la IA. Finalmente, decidí reducir mi comunicación con ambos bots y reflexionar sobre cómo este experimento había influido en la percepción que mis colegas tenían de mí. Aunque mis bots no escribieron ni editaron este artículo, su presencia fue un recordatorio de que, a pesar de sus capacidades, no pueden reemplazar la humanidad en el trabajo.