septiembre 6, 2026

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Riesgos del retiro de sargazo en el Caribe: Gases tóxicos y quemaduras que amenazan a los trabajadores de las playas

Riesgos del retiro de sargazo en el Caribe: Gases tóxicos y quemaduras que amenazan a los trabajadores de las playas

El aire se torna espeso y cargado de un olor nauseabundo, como si millones de huevos en descomposición hubieran sido abandonados en la orilla del mar. Lo que debería ser una idílica playa de arena blanca y aguas cristalinas en el Caribe mexicano se convierte en una escena repulsiva, un claro reflejo de los cambios que hemos impuesto al océano y a las comunidades que dependen de él.

En la costa de Quintana Roo, un hombre se apresura a salir de una densa mancha de algas pardas. Su atuendo, compuesto de ropa ligera y una gorra empapada, contrasta con la dureza de sus pies descalzos, agrietados y desprovistos de muchas uñas. Apenas cruzó la calle y devolvió su desayuno, tras arduas horas de trabajo bajo el sol en un caldo oscuro y ácido.

En 2014, la llegada de la primera masa de sargazo a las costas de Cancún, Puerto Morelos, Playa del Carmen, Tulum y Mahahual dio origen a una nueva ocupación: los recolectores de sargazo. Desde entonces, estos trabajadores han reportado una serie de síntomas adversos que incluyen picazón intensa, escozor, ronchas, vómitos, pérdida de cabello, así como dificultades para dormir y respirar.

Un estudio revelador sobre el sargazo

Un estudio científico publicado en abril de 2026 documentó la exposición en tiempo real al sulfuro de hidrógeno, un gas tóxico liberado por el sargazo al descomponerse y que emite un característico olor a huevo podrido. Los hallazgos indican que los recolectores de sargazo inhalan niveles peligrosamente elevados de este gas, que puede resultar mortal. La investigación fue liderada por Rosa Rodríguez Martínez, del Instituto de Ciencias del Mar y Limnología de la UNAM, junto con científicos de Brasil y Canadá. Los investigadores utilizaron sensores portátiles diseñados para monitorear la cantidad de gas inhalado durante la jornada laboral.

El límite legal de exposición para una jornada laboral de ocho horas es de una parte por millón de sulfuro de hidrógeno. Aunque esto parece una cantidad mínima, su toxicidad es tal que la ley impide su superación. Sin embargo, los sensores revelaron que los trabajadores respiraron por encima de este límite durante el 46.3% de su jornada, alcanzando picos de hasta 50.8 ppm, más de cincuenta veces lo permitido. Rodríguez compara el riesgo de esta exposición de forma gráfica: “No es lo mismo que te pique una abeja a que te piquen cincuenta”.

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Al descomponerse en la orilla, el sargazo se convierte en un riesgo tanto laboral como de salud pública, según advierten las científicas, quienes apuntan que los esfuerzos actuales para gestionar esta crisis no son suficientes para proteger ni a los ecosistemas ni a los seres humanos que enfrentan esta problemática. “Es urgente implementar protocolos de prevención y monitoreo continuo, así como proporcionar equipos de protección para salvaguardar la vida de los trabajadores”, concluye el estudio.

La creciente carga del sargazo

Con cada temporada, las acumulaciones masivas de sargazo rompen récords, y la salud de quienes lo recogen se ve comprometida por la necesidad de trabajar en un entorno precario. Este año, se pronostica un nuevo récord, tanto en la cantidad de sargazo como en la biomasa acumulada en descomposición.

Al caminar por la playa en busca de trabajadores dispuestos a hablar, me acerco con cortesía, y algunos responden con un saludo, pero pronto se hace evidente que mi presencia incomoda. La mayoría evade la mirada o lo hace con desconfianza. Uno de ellos, sin embargo, decide compartir su experiencia: “¿Les informan sobre los riesgos al contratarlos?”. Su respuesta es contundente: “Nada. Solo preguntan si puedes hacer trabajo duro”. Cuando se le pregunta si es riesgoso, su respuesta es resignada: “Es el trabajo y hay que hacerlo. Si no, no hay qué comer”.

El sargazo no es un fenómeno nuevo en el mar. Cristóbal Colón lo mencionó en su diario en 1492, describiendo las masas de hierba flotante que cubrían el océano. En la actualidad, el sargazo ha encontrado un nuevo hogar en las costas del Caribe mexicano, y la magnitud de su presencia es sorprendente.

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Causas y consecuencias del fenómeno

Rosa Rodríguez considera que el sargazo es una respuesta del océano a la contaminación que le es arrojada. “El mar recoge toda la basura que le echamos y nos la devuelve”, dice. Esta metáfora tiene un trasfondo científico, respaldado por Brian Lapointe, investigador oceanográfico de la Universidad de Florida, quien afirma que el sargazo es un indicador de cómo los humanos alteramos los ciclos de nitrógeno del planeta. Ambos se refieren al exceso de fertilizantes y aguas residuales que llegan al mar, así como al cambio climático, que afecta la temperatura y las corrientes marinas.

Desde 2011, imágenes satelitales han mostrado el crecimiento exponencial de estas masas de algas. En 2014, las costas del Caribe mexicano experimentaron un impacto masivo, y desde 2018, las arribazones se han vuelto rutinarias. “Antes había años altos y bajos, pero ahora la tendencia es constante”, explica Rodríguez. En 2025, se registró el afloramiento más severo, con una biomasa estimada de 3.4 millones de toneladas, más del doble que el récord anterior de 1.4 millones en 2022.

Las autoridades han comenzado a reconocer el problema. Durante una conferencia en julio, la titular de la Secretaría de Medio Ambiente, Alicia Bárcena, informó que en lo que va del año ha llegado cuatro veces más sargazo que en 2025 y 27 veces más que el promedio histórico, señalando la agricultura industrial como una de las causas del problema.

Condiciones laborales precarias

Recolectar sargazo es una tarea ardua. Aunque en algunas playas se utiliza maquinaria pesada, la mayoría del trabajo se realiza manualmente, utilizando rastrillos y carretillas, en equipos de aproximadamente seis recolectores supervisados por un líder. En una de estas cuadrillas, al presentarme y preguntar si alguien quiere hablar sobre su labor, el grupo me ignora inicialmente. Pero después, una trabajadora se detiene y comparte: “Recogerlo todo es imposible, simplemente hay demasiado”.

Antes de la llegada del sargazo, Rodríguez se enfocaba en la ecología de los arrecifes de coral. Ahora, su dedicación se ha volcado en comprender cómo el fenómeno afecta tanto a los ecosistemas como a la salud de las personas. “Me impacta la resistencia de la gente a trabajar en esas condiciones”, comenta. “Una vez, mientras pasábamos cerca de montañas de sargazo, sentí picazón en las piernas. Al preguntar, un sargacero me dijo que era el sargazo. Medimos y había veinte partes por millón. Es sorprendente que soporten, pero lo hacen por necesidad, y muchos no conocen los riesgos”.

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Impactos en la salud de los trabajadores

Ramiro, un recolector de sargazo con casi 20 años de experiencia, comparte su historia. Su piel, marcada por quemaduras y cicatrices, evidencia el desgaste del tiempo. Tras una incapacidad debido a llagas provocadas por el alga, ha regresado a trabajar por falta de alternativas. La investigación de la UNAM revela que más de la mitad de los recolectores encuestados reportaron un deterioro en su salud, con síntomas que van desde problemas dermatológicos y neurológicos hasta dificultades respiratorias.

El sulfuro de hidrógeno, liberado por el sargazo en descomposición, no es solo un riesgo teórico. En otras costas, ha causado muertes. En Bretaña, Francia, se atribuyó la muerte de un recolector a la exposición a este gas. Sin embargo, los sargaceros en Quintana Roo no reciben protección adecuada. “No nos dan mascarillas”, dice Ramiro. “Lo más común son ronchas y granos, causados por el ácido que suelta el sargazo”.

La Organización Mundial de la Salud ha correlacionado la exposición al sulfuro de hidrógeno con los síntomas que reportan los sargaceros de Quintana Roo. A concentraciones de solo 5 a 10 partes por millón, el gas puede dificultar el uso del oxígeno en el cuerpo humano, generando fatiga y aumentando el riesgo de enfermedades crónicas. La ceguera olfativa es un riesgo adicional, que puede hacer que quienes trabajan en estas condiciones no sean conscientes de su exposición al gas tóxico.

La falta de atención a la salud laboral

El cuestionario aplicado en el estudio se adaptó de experiencias previas en Martinica, donde el sarg